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Discurso de Juan Pablo II Viaje Apostólico a Polonia, ceremonia de despedida |
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Aeropuerto
de Kraków-Balice 1.
“Polonia mi amada patria, ( ... ) Dios te eleva y te trata de
modo particular, pero muéstrale tu agradecimiento por ello"
(Diario, 1038). Con estas palabras, tomadas del Diario de
Santa Faustina, deseo despedirme de vosotros, queridos hermanos
y hermanas, compatriotas míos. En
el momento en que debo volver al Vaticano, dirijo una vez más,
con gran alegría, mi mirada a todos vosotros y doy gracias a
Dios, que me ha permitido estar nuevamente en la patria. Con el
pensamiento repaso las etapas de la peregrinación de estos tres
días: Lagiewniki, Blonia de Cracovia y Kalwaris Zebrzydowska.
Conservo en la memoria la multitud de fieles que oraban,
testimonio de la fe de Polonia y de su confianza en es de la
misericordia de Dios. Al despedirme, quiero saludaros a todos,
queridos compatriotas. Han sido numerosos los que me han
esperado, los que han querido encontrarse conmigo. No todos lo
han logrado. Quizá la próxima vez... A
las familias polacas les deseo que encuentren en la oración la
luz y la fuerza para cumplir sus deberes, sembrando en todo
ambiente el mensaje del amor misericordioso. Dios, fuente de la
vida, os bendiga cada día. Saludo a aquellos con quienes me he
encontrado personalmente a lo largo de mi peregrinación y a los
que han participado en los encuentros del viaje apostólico a
través de los medios de comunicación social. En particular,
doy gracias a los enfermos y a las personas ancianas por
sostener mi misión con la oración y con el sufrimiento. Les
deseo que la unión espiritual con Cristo misericordioso sea
para ellos fuente de alivio en sus sufrimientos físicos y
espirituales. Abrazo
con la mirada del alma a toda mi amada patria. Me alegran sus éxitos,
sus buenas aspiraciones y sus valientes iniciativas. He hablado
con inquietud de las dificultades y de cuánto cuestan los
cambios, que afectan dolorosamente a los más pobres y a los más
débiles, a los desempleados, a los que carecen de un techo y a
los que se ven obligados a vivir en condiciones cada vez más
difíciles y en la incertidumbre del futuro. Al
partir, quiero encomendar estas situaciones precarias de nuestra
patria a la Providencia Divina e invitar a los responsables de
la gestión del Estado a ser siempre solícitos del bien de la
República y de sus ciudadanos. Que reine entre vosotros el espíritu
de misericordia, de solidaridad fraterna, de concordia y de auténtica
atención al bien de la patria. Espero
que, cultivando todos estos valores, la sociedad polaca, que
desde hace siglos pertenece a Europa, encuentre una colocación
adecuada en las estructuras de la Unión europea. Y que no sólo
no pierda su identidad propia, sino que enriquezca su tradición,
la del continente y de todo el mundo. 2.
Los días de esta breve peregrinación me han brindado una ocasión
para recordar y reflexionar profundamente. Doy gracias a Dios,
que me ha dado la posibilidad de visitar Cracovia y Kalwaria
Zebrzydowska. Le doy gracias por la Iglesia en Polonia, que, con
espíritu de fidelidad a la cruz y al Evangelio, desde hace mil
años comparte el destino de la nación, la sirve con celo y la
sostiene en sus buenos propósitos y aspiraciones. Le doy
gracias porque la Iglesia en Polonia permanece fiel a esta misión,
y le pido que sea siempre así. Deseo
expresar mi gratitud a los que han contribuido al feliz
desarrollo de la peregrinación. Doy las gracias una vez más al
señor Presidente de la República polaca por la preparación de
la visita. Agradezco al señor Primer Ministro la colaboración
entre las autoridades civiles y los representantes de la Iglesia.
Agradezco este gesto de buena voluntad. Doy
gracias a las autoridades administrativas, regionales y
municipales –sobre todo de Cracovia y Kalwaria- por la
benevolencia, la solicitud y el esfuerzo realizado. Que Dios
recompense a cuantos se han empeñado en las diversas tareas litúrgicas
y pastorales, al personal de la televisión, la radio y la
prensa, a los servicios del orden –militares, policías,
bomberos y agentes sanitarios- y a los que han contribuido de
cualquier modo al desarrollo de la peregrinación. No quiero
olvidarme de nadie; por eso, repito una vez más de corazón:
Que Dios os recompense. 3.
Me dirijo con particular gratitud al pueblo de Dios en Polonia.
Agradezco a la Conferencia Episcopal polaca y, ante todo, al
Cardenal Primado, la invitación que me ha hecho, la preparación
espiritual de los fieles y el esfuerzo organizativo que mi
peregrinación ha entrañado. Dirijo palabras de gratitud a los
sacerdotes, a los seminaristas y a las religiosas. Gracias por
la preparación de la liturgia y por el acompañamiento de los
fieles durante nuestros encuentros. Gracias a toda la Iglesia en
Polonia por la perseverancia común en la oración, por la cariñosa
acogida y por todas las manifestaciones de benevolencia. Cristo
misericordioso recompense abundantemente vuestra generosidad con
Su bendición. Entre
las expresiones de agradecimiento no puede faltar una mención
especial a la amada Iglesia que está en Cracovia. Doy gracias
de corazón en particular al Cardenal Fraciszek Macharski,
Metropolitano de Cracovia, por la hospitalidad y por haber
preparado tan magníficamente la ciudad para los importantes
acontecimientos celebrados durante los días pasados. Gracias de
corazón a las Religiosas de la Misericordiosa Madre de Dios, de
Lagiewniki, y a cuantos cada día elevan oraciones ante la
imagen de Jesús misericordioso por las intenciones de mi misión
apostólica. Me congratulo con la Arquidiócesis de Cracovia y
con toda Polonia por el nuevo templo, que he dedicado. Estoy
convencido de que el santuario de Lagiewniki constituirá un
significativo punto de referencia y un centro eficaz del culto a
la Misericordia Divina. Que los rayos de luz que bajan de la
torre del templo de Lagiewniki y que recuerdan los rayos de la
imagen de Jesús misericordioso, se irradien con reflejo
espiritual sobre toda Polonia: desde los montes Tatra hasta el Báltico,
desde el Bug hasta el Oder, y sobre todo el mundo. 4.
“Dios, rico en misericordia”. Estas palabras han constituido
el lema de la visita. Las hemos leído como una invitación
dirigida a la Iglesia y a Polonia en el nuevo milenio. Ojalá
que mis compatriotas acojan con corazón abierto este mensaje de
la misericordia y lo difundan dondequiera que los hombres
necesiten la luz de la esperanza. Conservo
en mi corazón el bien realizado durante los días de la
peregrinación, y en el que he participado. Agradecido por todo,
juntamente con toda la comunidad eclesial en Polonia, repito
ante Jesús misericordioso: “Jesús, confío en Ti”. Que
esta sincera confesión proporcione alivio a las futuras
generaciones en el nuevo milenio. ¡Dios, rico en misericordia,
os bendiga! Y
para concluir, ¿qué decir? Siento tenerme que marchar.
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